martes, 20 de noviembre de 2007

Cruce de caminos

Entré en la casa despacio. Contra todo pronóstico, me encontré con un lugar extremadamente acogedor, diminuto, ordenado, todo ello bañado por una luz tenue y un dulce olor que embriagan mi alma. Melissa había entrado en lo que parecía una cocina. Yo permanecí, sosteniendo mi brazo ensangrentado como podía, en el descansillo.

Al poco apareció Melissa con unas toallas húmedas en la mano, y me indicó que pasase al salón. Un pequeño sofa, un equipo de músca, una mesilla, un sillón de terciopelo verde y una enorme estantería con libros. Sin televisión. Demasiada simpleza para una mujer de 40 años.

En un principio pensé que se encargaría de limpiarme la sangre, pero no fue así. Me entregó las toallas, y se sentó en el sillón. Cruzó las piernas, se encendió un cigarro y observó cómo me limpiaba la sangre. Un gato entró en el salón, dio un salto y se sentó sobre las piernas de Melissa. Ella acarició su laceo y negro pelaje.

Me costaba muchísimo quitar la sangre seca de mi brazo malherido. Poco a poco fueron apareciendo las verdaderas heridas, numerosos arañazos, algunos realmente profundos, que me marcarían el brazo de por vida.

Melissa me miraba con picardía, parecía que sonreía, al menos en su interior.

- Es muy curioso que seas tú quien haya matado a mi gato.

Esa frase no tenía ningún sentido ni connotación para mí en ese momento. Pero Melissa, como siempre, tenía muchísima razón. Era realmente curioso que yo, entre todos los niños de 11 años del mundo, hubiera acabado aquella tarde en su casa. Era algo como el destino. Tendría tiempo para darme cuenta del vínculo que nos unía a Melissa y a mí.

No paraba de mirarme de forma penetrante. Y yo a cada segundo que pasaba me sentía más y más intranquilo.

- ¿Cuál es tu nombre?

- Leonardo, señora.

- Leonardo... uhm - Meditó durante unos segundos. Luego, dijo - No conoces la historia de tu nombre, ¿verdad?

- No, señora. - Dije obediente.

- Pues creo que deberías conocerla. Dentro de poco te la haré saber.

No sabía a qué se refería. Cada momento que tornaba a ser pasado sentía que esa señora conocía más de mí de lo que pensaba. Y me inquietaba, porque no la conocía de nada y no parecía tener ningún tipo de relación con mis padres.

Quedaban apenas unos minutos para que mi vida diera un giro monumental. Para que por fin aquel hecho me fuera revelado. Lo presentía. Todo aquello no era casual. No podía ser casual. Melissa me conocía, ahora estoy seguro, y sabía lo que tenía que hacer para que todo se desencadenara según sus planes. Cómo logró que yo diera con ella, para mí es un misterio. Poco a poco sabía que Melissa estaba allí para algo, ella le iba a dar sentido a mi vida y me iba a instruir en el camino para el que yo nací. Puedo decir que desde aquel momento ya comenzaba a sentirme especial, notaba como mi don se iba apoderando de mí, aunque aún desconocía sus ventajas y me llevaría años perfeccionarlo. Melissa me miraba, casi sonreía. Tenía razones para hacerlo.

- Leonardo, ¿crees en el destino? - Preguntó con picardía.

- No, señora.

Sus arrugas tornaron aún más macabras. Formaron sombras en su cara. Su mirada descubría una satisfacción infinita.

- Pues dime qué es lo que te ha traído hasta aquí. Porque resulta muy curioso que en este preciso momento de mi vida aparezca un chico de 11 años de la nada, llamado Leonardo, que mata a mi gato y que, casualmente, podría resultar extremadamente útil.

Me quedé mudo.

- Acompáñame, Leonardo, voy a mostrarte algo que te demostrará lo que es el destino.

2 comentarios:

kme dijo...

jooo demasiado cortooo cara pann sigue escribiendo no quiero ke duermas kiero ke escribas, escribe, escribe, escribe

Helga dijo...

Leonardo está convencido de que eso es vida?

Um... esto me recuerda a la clase de filosofía del otro día...
Leonardo es solo materia transformada para llevar a cabo una función.