jueves, 27 de diciembre de 2007

El Viaje (I) : La Partida

Debía coger el tren que partía hacia Roma a las 11:00 a.m. Quedaban 7 minutos. Con el bebé sobre un brazo, y las maletas tirando del otro, la movilidad del anciano era reducida. Los andenes de la enorme y oscura estación de Nápoles confundían la mente cansada del anciano. Por un momento quiso acercarse a información, pero la ingente cantidad de personas se lo impedía. Le arrastraban, le empujaban, y ni siquiera le pedían perdón. El bebé, lejos de llorar, le lanzaba miradas de incomprensión al pobre anciano.

Paró para descansar, entre los andenes 10 y 11, en una columna. Posó las maletas allí, tratando con sumo cuidado al bebé. Con la mano libre, intentó sacar de la gabardina color crema el sobre donde estaban los billetes y el itinerario a seguir. El tren salía desde Nápoles a las 11 de la mañana, y llegaba a Roma a las 12:20. Allí estarían esperándole el joven Dante y su padre Francesco para coger el siguiente tren hasta Boloña. Durante el trayecto, les daría el dinero, y el sobre con las instrucciones. Gracias a Dante y a Francesco, el anciano podría sacar al bebé del país. A las 15:10, hora de llegada a Boloña, cogerían los tres juntos un último tren que llegaría, media hora después, a Módena, su destino final. Visto así no parecía tan difícil. No sabía cómo se había negado, a llevar a cabo un proyecto de tanta importancia. Él era viejo, terco, soberbio, con nada que perder, pero con un gusto exacerbado por la estabilidad. Emprenderse en un viaje hasta el norte de Italia, sacándole de su adorable y pequeño pueblo Montesarchio, le pareció, en un principio, una idea extremadamente absurda. Pero poco tardaron en recordarle su pasado y su obligación para con aquel bebé. No le importó hacer la maleta en pocas horas, y partir al día siguiente hacia Nápoles para recoger al bebé, recién nacido 3 días antes.

Se secó el sudor de la frente. En su rostro se observaba el cansancio que arrastraban sus 70 años. Extrayendo fuerzas de una fuente invisible, el anciano volvió a coger las maletas, y se encaminó a la búsqueda del andén correcto.

10:55 a.m.

Sólo cinco minutos y el tren partía. Agarrando con firmeza al bebé, corrió como pudo. Alzando con lentitud y flaqueza las delgadas piernas, con las maletas en alto y el bebé pegado al pecho, y resoplando enérgicamente con la respiración peligrosamente acelerada. Con este infinito esfuerzo, el anciano consiguió visualizar en la pantalla del pasillo central, el andén correcto del tren 6527 que partía hacia Roma a las 11:00 a.m. Lo más increíble de todo, consiguió llegar. Con el rostro tremendamente enrojecido, bañado por completo en sudor y la gabardina arrugada el cuadro que el bebé y el anciano hacían era cuanto menos que cómico e hilarante.

Diez minutos después el anciano descansaba con el bebé entre los brazos en el asiento asignado, esperando a que el tren partiera.

– ¿Por qué no sale? El billete indica claramente que el tren parte a las 11. Y son las 11:07, de mi reloj. – Hablaba con ternura, con un deje de ira, dirigiéndose al bebé. – La próxima vez me tomaré más calma para llegar. Y si el tren no está cuando yo llegue, se encontrarán con una demanda. – Fue alzando la voz mientras decía estas palabras. La señorita del asiento de al lado, le miró con arrogancia, por encima del hombro, previendo, seguramente, el viaje que le daría aquel hombre.

El anciano acarició al pequeño, que apenas sonrió.

– En poco, todo habrá acabado, hijo.

Para el bebé, allí tumbado, gozoso, casi durmiendo, aquel viaje no significaba nada. Para el pobre anciano, era un enorme suplicio.

Pocos minutos después, el tren comenzó a moverse. El viejo evitó dormirse durante todo el trayecto, aunque observando la plácida cara del bebé mientras dormitaba, era casi imposible. Se entretuvo mirando los pasajes, bastante sobrios y fríos para la época, por la ventana. Una hora y veinte minutos después, el tren llegó a su destino. Como pudo, se levantó, aguantando al bebé en brazos, y agarrando las maletas. Salió del tren y se dirigió al hall de la enorme estación de Roma. El bebé seguía durmiendo. El anciano pensaba que si todos los bebés del mundo fueran tan silenciosos como aquel, el mundo sería un lugar mejor.

Sentados en un banco, apartados del bullicio y el desorden del hall, estaban Dante y Francesco, esperando al anciano. Francesco se había estado entreteniendo leyendo el periódico del día, con un sombrero color lila en bajo el brazo. Por aquel entonces tenía 35 años, aunque aparentaba muchos menos. Su rostro, impecable e inmaculado, sin apenas ninguna arruga, y un bigote elegante y sutil, se mostraba totalmente inexpresivo y frío. Amanerado, Francesco vestía frecuentemente con frac, siempre de tonos oscuros y a rayas, y de caras marcas. Su hijo Dante, un joven y apuesto chico de 14 años, mostraba un profundo respeto por su padre. No sabía muy bien lo que era la vida para un joven de su edad; desde la muerte de su madre tres años atrás, no había parado de viajar por toda Italia con su padre. No duraba más que un par de meses en cada ciudad, y por ello, no podía desarrollar amistades. No obstante, a Dante aquello no parecía importarle. Se había criado siempre en la soledad, y su padre, como una de las mejores muestras de independencia y seguridad que hubiera visto jamás, era su ejemplo a seguir.

Al anciano le costó visualizar la situación de Dante y Francesco, pero lo consiguió. Se acercó a ellos, y se sentó a su lado.

Francesco, al verlo, se levantó suave y elegantemente, para saludarlo.

– Hola – Pronunció con dulzura el anciano – ¿Me ayudas con el bebé? No puedo más.

Francesco agarró al bebé con cuidado, y le hizo una seña a su hijo para que cogiera las maletas del anciano.

– ¿Cómo estás, papá? – Preguntó Francesco – ¿Un viaje duro?

– ¿Duro? ¡Duro es poco, hijo mío! – Exclamó – Hace dos días que no duermo nada. Desde que recibí el mensaje, todo ha sido una carrera contrarreloj muy asfixiante.

– Comprendo… – Dijo Francesco, acariciándose la barbilla.

– ¡Oh! – Exclamó el anciano dirigiéndose al joven – ¡El pequeño Dante! No te veía desde el día en que naciste. – La sonrisa dulce del anciano, sonsacó una breve sonrisa a Dante – ¿Cómo estás, pequeño mío? – Le abrazó – ¿Tú también vienes?

Dante afirmó. El rostro del anciano se tornó oscuro y sombrío. Dirigió su mirada hacia Francesco y, sabiendo éste cuál iba a ser la pregunta, se adelantó y dijo:

– Corre más peligro sin mí que conmigo, padre – Dijo Francesco, con cierto deje de temor en su voz.

El anciano meditó durante unos momentos. Luego, preguntó:

– ¿El pequeño lo sabe todo?

– No, todo no – Respondió Francesco – Pero sabe gran parte de la historia y cuál es el porqué de todo esto.

– No sé qué pretendes conseguir trayendo al muchacho contigo, hijo – Le reprochó el anciano. – Esto es peligroso. Si le pasase algo…

– ¡Da igual, padre! – Exclamó Francesco, acercándose a su padre, con algo de desesperación en sus ojos – ¿Cuántos crees que saldremos vivos cuando esto acabe?

El anciano meditó mirando al vacío. Había visto como su familia se había ido desintegrando en los últimos años. ¿Cuántos quedarían vivos después?

– Una vez el niño salga del país, vendrán a por nosotros, papá.

– Ya lo sé, Francesco, ya lo sé.

– No quiero seguir huyendo… – dijo Francesco

– Tampoco has estado huyendo todo este tiempo, has estado cazando.

El tono tajante con el que el anciano pronunció aquellas palabras puso fin a la conversación. El silencio reinó durante unos segundos.

– Ahora debemos sacar al bebé del país. – Espetó el anciano – Leonardo lo estará buscando desesperadamente. Y seguro que él no se para a mantener conversaciones tan absurdas como ésta. –

Francesco se puso el sombrero. Dante, sin pronunciar una palabra, se acercó a su padre.

– El tren parte en diez minutos, padre – Dijo Francesco – Vamos al andén.

Cruzaron de nuevo el Hall de la estación, hasta llegar a las consignas. Francesco sacó el dinero para pagar los billetes. Aprovechó el momento, para entregarle el bebé al joven Dante, diciéndole:

– A partir de ahora llevarás tú el bebé. Ya sabes la importancia que tiene, no te separes de mí, y no dejes que nada malo le ocurra.

Dante afirmó, con seguridad.

El anciano se puso a la cabeza de los tres, esperando la cola. En la cabina, una hermosa joven les atendía:

– Hola, señorita – Pronunció lentamente el anciano. – Viajamos a Boloña.

La chica le sonrió, como agradeciendo su amabilidad.

– ¿Me podría prestar su documento de identificación, señor?

El anciano afirmó sonriente, y sacó su documento. Asimismo, cogió los de Francesco y Dante.

La joven los cogió con dulzura, y comenzó a teclear en el ordenador.

– Salvatore – Dijo – Es un nombre precioso.

– Gracias – Respondió el anciano.

– ¿Se considera usted un salvador? – Bromeó ella, sonriente

El anciano meditó durante unos instantes.

– Sí, soy una especie de salvador.

La chica se rió brevemente y con mesura. Luego, preguntó:

– ¿Cuál es el destino?

– Boloña, señorita.

– ¿Cuántos billetes desea, señor?

– Somos cuatro. Mi hijo, y dos nietos, aunque uno de ellos todavía no es una persona. – Bromeó.

– Serían tres billetes de adulto, señorita.

La joven continuó tecleando.

– ¿Stigliari? – Dijo ella, extrañada – ¿Qué es? ¿De Firenze?

– No lo sé muy bien, señorita – Respondió el anciano con dulzura – Ese apellido es tan viejo y está tan perdido que cuesta saber sus orígenes – Y rió, con dificultad.

– Han tenido suerte – Dijo la joven sin dejar de mirar la pantalla del ordenador – Hay plazas libres. Por estas épocas nadie va al norte, ir hacia allí es una locura, hace un frío aterrador, y más con el temporal que se avecina.

– Ya lo sabíamos – Sonrió el anciano.

La chica, algo sorprendida, les cobró. El anciano cogió sus billetes. Se despidió de ella con una sonrisa. Francesco, al pasar, se quitó el sombrero a modo de saludo. Dante se limitó a arquear las cejas y el bebé simplemente dormía.

Poco más de diez minutos después, Salvatore, Francesco y Dante Stigliari, con el bebé en brazos, cogían el tren hacia Boloña.

3 comentarios:

Xaider dijo...

Si ya se veía venir, por el apellido de Leonardo...pero bueno, me gusta que hayas escogido Italia como escenario ;)

Espero la próxima entrada.

Miss Pixel dijo...

Vaya, si que te has pasado por aquí xD

El rojo+ el negro es estupendo, asi que no oses criticarlo xDD

Y joe, tengo mucha lectura atrasada en tu blog, a ver si me paso mas x aki y con mas tiempo :P

Madame Delunay dijo...

si, yo tb he caido... ala! ya soy como los demas y tengo blog... jajaj

prometo que un dia de estos me leo el texto completo... yo creo q seria incapaz de hacer del tiron un texto de mas de 20 lineas...