martes, 18 de diciembre de 2007

Sincérate, Pedro

- Desde el día de mi undécimo cumpleaños comencé a identificaros, Pedro.

- ¿Có…cómo dices? – Preguntó, extrañado, atemorizado. – ¿Identificar qué? ¿Identificar a quién?

Se mantuvo inmóvil. Me miró con una mezcla de incomprensión y piedad. ¿Resultaba tan obvio era lo que iba a ocurrir? No sé muy bien lo que debió pensar Pedro en aquellos momentos, pero lo que estaba claro era que fuera cual fuera su posición, aquello no iba a fallar. Me acerqué a él lentamente, casi susurrándole, le dije:

– Identificaros a ti, Pedro, y a los que son como tú. – Arqueó las cejas – A los que son como yo.

– ¿Qué dices, Leonardo? – Fingió una tosca sonrisa – ¿Tan borracho vas?

– Creo que sabes lo que va a pasar, Pedro – Dije, con un tono que pretendía transmitir lo lamentable que le iba a resultar a él esa situación. – Creo que lo sabes.

Pedro lo sabía, eso era innegable. En el más profundo rincón de su ser, algo le decía que él estaba allí para morir a mis manos. Por el secreto que escondía. Pero entonces la voz de la razón le decía que era imposible que yo pudiera conocer su existencia. Siempre lo había llevado con suma cautela, y en los últimos años no había dado muestras de poseerlo. Aunque tampoco lo necesitaba. Seguramente en su cabeza aparecieron las palabras “traición” y “mentira”. Y realmente estaban cerca de la definición de aquella situación.

Pedro dejó caer el vaso al suelo. Estalló en mi cristalitos que se repartieron por el suelo del salón. El poco whisky que quedaba en el vaso salpicó sus cuidados zapatos. Me miró con temor.

– ¿Qué haces aquí, Leonardo? – Preguntó.

– Creo que sabes a lo que he venido, Pedro. – Dije, con cierto pesar.

– ¿Cómo cojones lo has sabido? – Dijo con frustración.

Eso no importa…

Metí la mano en mi bolsillo derecho. Agarré con fuerza el puñal que llevaba escondido. No lo saqué.

– No tienes porqué hacerlo, Leonardo… – Dio unos pequeños y torpes pasitos hacia atrás. El suceso era inminente. – De verdad que no tienes porqué hacerlo.

– Sí que tengo, Pedro. Sabes perfectamente el porqué y para qué.

Comenzó a ponerse algo nervioso. Las piernas le temblaban, y un sudor frío recorría su piel. Su mirada, perturbada, no conseguía fijarse en un único sitio. Navegaba por todo el salón buscando una salida para salir de aquel meollo.

– Sé que cometí graves errores en el pasado, y te juro que me arrepiento muchísimo, pero ésta no es ni la solución ni el castigo adecuados.

– Esto no trata sobre tus errores, esto va mucho más allá. – Aclaré. – Aunque te lo explicara no lograrías entenderlo. Tu padre también cometió delitos gravísimos y no murió por esa razón.

– ¿Qué coño sabrás tú de mi padre? – Preguntó, agresivamente.

– Probablemente más que tú.

Hubo un silencio incómodo. Después, Pedro, intentando reponerse, dijo:

– ¿Para qué quieres hacerlo? – Preguntó, casi gritando – Esto no tiene nada que ver contigo.

Sonreí.

– ¿Ah, no? ¿Qué crees que nos diferencia, Pedro? – Silencio. Me miró durante unos segundos sin saber qué contestar. Proseguí – La inteligencia, la perspicacia, mi tenacidad. – Agresivamente, me acerqué a él – Mi don y el tuyo no son tan diferentes, pero gracias a que he sabido moverme, esta noche yo seguiré vivo… y tú no.

Pedro parecía no comprender nada, y tampoco lo esperaba. Siempre había demostrado tener poca inteligencia.

– ¿De qué don hablas? – Preguntó – ¿Hay más como yo?

– Exactamente siete más. – Sus ojos, totalmente incrédulos, me miraban con atención – Pero ahora mismo sólo quedamos tú y yo.

Ladeé la cabeza y sonreí. Macabramente, incluso. Sentía algo llamado felicidad en mi interior. Pedro se asustó al ver mi sonrisa, comprendió que, por muchas palabras que dijera, no conseguiría cambiar nada. Notaba en mi mirada que yo estaba dispuesto, sí o sí, por las razones que fuera, a acabar con su vida aquella noche. Lo había hecho con siete personas más, Pedro no iba a ser alguien distinto.

Adivino que en esos momentos las dudas afloraron la cabeza de Pedro. ¿Quién sería yo y porqué querría hacer eso? ¿Por qué había otros siete y nunca se lo dijeron? Los errores que Pedro había cometido, de los cuales yo no tenía ningún tipo de información en ese momento, habían sido graves, y él lo sabía. No tenían nada que ver con lo que yo estaba haciendo en ese momento, pero, de algún modo u otro, me afectaban. Pedro sabía que le habían traicionado, que si no era por eso, era imposible que yo hubiera sabido quién era. Pero no sabía quién.

– ¿Cómo diste conmigo?

– Fue una total coincidencia. Tuve una úlcera, pensé que moriría, y me curaste. Poco después, cuando abrí uno de los ocho sobres en los que tengo la información sobre vosotros, vi que tú podías ser uno de ellos. Y así fue. Te identifiqué. Miré la información del sobre varias veces, no podía creerlo. Y allí estabas. Te identifiqué una y otra vez. Y sí, eras tú. Fue una coincidencia que todavía me cuesta creer.

A juzgar por su cara, debió creer que le estaba mintiendo. De todas formas, eso no importaba demasiado. Debía proceder o se me haría tarde. Pedro debió ver cómo me decidía a actuar porque arremetió contra mí con un duro golpe.

Salió corriendo hacia la puerta. Comencé a cabrearme, y a Pedro no le iba a gustar verme cabreado. Con un deje de frustración en la mirada, le perseguí. Antes de que pudiera abrir la puerta, le agarré de la camisa. Se dio la vuelta y de un golpe me tiró al suelo. Comenzó a darme patadas en el vientre. En una, le agarré la pierna y lo tiré al suelo.

Me incorporé, y le miré con una sonrisa, y la boca ensangrentada:

– ¿Es que acaso piensas que me duele?

Desde allí, me miró con frialdad.

– No lo hagas, Leonardo… Aún puedes elegir. A mí me han traicionado, no dejes que a ti te ocurra lo mismo, o acabarás como yo.

– Ya es tarde para decir eso, Pedro…

Saqué el puñal y sin dudar, por el dolor, me lo clavé en el brazo, en el mismo lugar que siempre. La sangre comenzó a brotar. Pedro miró ensimismado la sangre y luego me miró a los ojos.

– No lo hagas, por favor… – Me suplicó. – No destruyas tu vida así.

Dejé salpicar la sangre del puñal sobre pedro. Estiré mi brazo y le empapé la cara. Sus ojos, teñidos de rojo, me miraban, atontados. Su respiración se volvió rápida, forzada. Cayó tumbado al suelo. Me tapé la herida y fui al baño a limpiármela. Bajé al coche, y cogí la roca cuadrada que tenía guardada allí. Me costó subir los 3 pisos sin ascensor con ella en la mano. Cuando llegué al piso de nuevo, Pedro estaba en el mismo sitio. En el suelo, fuera de su bolsillo, había una pequeña figurita de madera, tallada a mano, que representaba un delfín.

Me agaché y la cogí. La miré detenidamente durante unos instantes.

– Otra más para mi colección. – Me dije. Y la guardé en el bolsillo.

Terminé mi vaso de whisky, y me dispuse a terminar el trabajo. Cogí la roca y la levanté por todo lo alto, con mis brazos en alto. Pedro, como sedado, y con los ojos idos, intentaba mirarme. Estaba justamente delante de él, proyectando mi sombre sobre su cuerpo. Articulaba sonidos extraños, pero no le entendía ni una palabra.

– Leonardo… – Balbuceó.

Intentó decir algo, pero no conseguía entenderlo. Repetía el mismo sonido constantemente. Parecía haber descubierto algo, pero no era capaz de decir qué era. Haciendo un esfuerzo inconmensurable, Pedro mantuvo su mirada fija en mí. Articuló perfectamente tres sílabas, y luego volvió a balbucear. Mi corazón dio un vuelco y se empequeñeció. Mis pupilas se hicieron enormemente pequeñas, y sentí un escalofrío recorriendo toda mi columna vertebral, hasta el punto de que mis brazos temblaron y no pude aguantar la roca. Cayó sobre su cabeza.

Me agaché rápidamente, y asustado, grité en alto, al lado de lo que era su aplastada cabeza:

– ¿Has dicho ‘Melissa’? – No obtuve respuesta. Le golpeé en el torso con el pie – ¡Responde, hijo de puta!

Pero Pedro ya estaba muerto.

2 comentarios:

Xaider dijo...

Aquí sigo pendiente de la historia de Leonardo. Así que no pares estas vacaciones ;)
Un saludo y Feliz Navidad

Frank Segovia dijo...

Descanso de navidad?
Mal momento para hacer un alto, seguimos todos pendientes de la historia!
Un saludo!